miércoles, 9 de septiembre de 2009

Un día en el aeropuerto

Tal y como nos pasa a todos, me equivoco con frecuencia. Y me viene esto a la cabeza mientras espero al embarque de mi avión en un aeropuerto. La razón es bien sencilla: antes solía considerar que los aeropuertos eran meros trámites y que, incluso eran lugares aburridos donde lo que querías era estar ya en casa, en tu destino vacacional o en tu reunión de trabajo.

Y, afortunadamente para mí porque no paro de pisarlos, he cambiado de opinión. Sigo odiando la etapa del escáner en el que tienes que abrir todo, quitarte todo, andar con los pantalones medio caídos, sujetando una caja blanca y haciendo malabares para llevar tu maleta. ¿Quién no se siente como una oveja? Y, lo que es peor, en algunos momentos pareces un delincuente.

Pero iba diciendo que, a pesar de los escáneres y algún que otro inconveniente, los aeropuertos tienen su magia. Hace unos cuantos meses ya lo contaba en un post (¡premio para el que lo encuentre!) pero mientras esperaba hoy en Bruselas me iba fijando en cómo, afortunadamente, está cambiando el mundo para bien.

Miras alrededor y te encuentras un montón de individuos enormemente diferentes entre sí y….. ¡no pasa nada! Sentado en mi silla miro a mi derecha y tengo a 2 metros a un hindú con vaqueros y su punto rojo en la frente, detrás de él una familia del Este de Europa, al lado unos centro-europeos, en la puerta de embarque de enfrente una mayoría de raza negra; por el pasillo hombres y mujeres despistados buscando su puerta. Algunos de ellos serán homosexuales con pinta de hetero o locazas; heterosexuales que parecen homosexuales o heteros; otros serán cristianos; otros ateos o musulmanes; unos van vestidos de ejecutivo y el fin de semana van con bermudas, otros con bermudas cuando casi siempre van como un cincel; unos con cresta; otros rapados...

Sí, ya sé que no he descubierto nada. Pero me alegra palparlo. Me alegra sentir que después de tantas malas noticias que escuchamos de enfrentamientos entre diferentes, realmente se ha producido un cambio. Realmente una mayoría silenciosa se respeta. Me anima sentir que la imagen del pueblo en la que el que se cambiaba el tupé de lado era mirado como un loco, un extraterrestre o (¡Dios nos pille confesados!) un revolucionario ha cambiado. Ya hasta te pueden “aceptar” en Donosti si no te gustan los fuegos artificiales y piensas que quizá La Concha no es la playa más maravillosa del mundo. Incluso la comunidad malagueña puede aceptarte si no sabes bailar sevillanas, tienes apellidos raros y no llevas camisa. Es gratificante pensar que hoy en día puedes ser de Bielorrusia, ser un fan del ukelele, del antiguo Egipto y de la comida del McDonald’s y no sentirte avergonzado por ello.

Por eso, simplemente quería escribir estas líneas para que os paréis un segundo a pensarlo y valoréis lo conseguido. Vale, el mundo no es perfecto. Pero colguémonos una medallita por un segundo y sonriamos… eso sí, cuando pase ese segundo, ¡todos a intentar mejorarlo!

1 comentario:

Mabel dijo...

¡¡¡¡ Cuanta razón tienes Iñi !!!! Yo ahora por motivos obvios piso muchos menos aeropuertos que hace unos añitos pero los echo mucho de menos y por eso mis peques ya están empezando a volar (Marina con 30 meses ha volado ya 6 veces y tu tocayo Iñiguito 2 veces con 5 meses :-).
No te puedes imaginar el show de pasar los controles de seguridad 2 adultos con dos peques de estas edades(ya te lo contaré el lunes) pero echo de menos esos ratitos de tranquilidad en los que podía sentarme a esperar mi embarque y entretenerme imaginando historias para la gente más variopinta que veía en la terminal.